Cátedra de Clínica Médica – Facultad de Ciencias Médicas – Universidad Nacional de Rosario

Pese a que la literatura argentina no fue inmune a las múltiples asociaciones y metáforas que generó la tuberculosis en el siglo XIX, se verá, a través del análisis de dos  relatos, que tomó una distancia considerable de la literatura europea en el sentido de que abordó, la mayoría de las veces, el perfil más degradante de la enfermedad. Boquitas pintadas de Manuel Puig (1) y Ester Primavera de Roberto Arlt (2)) dan cuenta, con diferentes enfoques, de una enfermedad que, por sus íntimas relaciones con la prostitución y el alcoholismo, dista de ser camino hacia la perfección personal. (3) Es la época de la despiadada “guerra contra la tuberculosis”, de los hospitales donde los enfermos eran recluidos, muchas veces por su propia familia, para alejarlos de la sociedad y prepararlos para la muerte. Pero este hecho no los explica totalmente.

La más que famosa novela de Puig, publicada en 1968, fue llevada al cine en 1974 con un film dirigido por Leopoldo Torre Nilson, con Alfredo Alcón, en el papel protagónico, acompañado por Luisina Brando y Marta González entre otros actores argentinos de renombre.        

Hay que reconocer que Puig es realista y que en sus novelas escasean las metáforas. La vida de los personajes transcurre en los años 30 del siglo pasado y Juan Carlos Etchepare, el otrora héroe tuberculoso, muere en el 47, pero lo más destacable es que el autor lo presenta muerto en la primera página, con una fría necrológica que contrasta notablemente con el homenaje que, en el pasado, se le rindió a la enfermedad. Se puede inferir, sin embargo, alguna razón de peso para anunciar su muerte desde el principio que, de cualquier manera, no dejaría de asombrar a Henry James, por ejemplo, quien en el prólogo de Las alas de la paloma  mientras creaba el carácter de Milly Thale, la joven tuberculosa que, en sus propias palabras, es una princesa, escribe:

Aunque esta circunstancia (se refiere al hecho de que Milly estuviera enferma) podía descalificarla para cierta clase de actividades, aun cuando le atribuyéramos una apasionada e inspirada resistencia…el problema se simplificaba desde el instante en que uno reconocía que el poeta esencialmente, no puede pactar con la muerte.

Puede considerar al más enfermo de los enfermos, pero aun así  es por la vida que se interesa por él y lo hace sobre todo porque las condiciones son adversas e imponen una lucha

Y el contenido de la necrológica tampoco es desdeñable porque expresa, de algún modo, el ocultamiento y la vergüenza que produce la enfermedad a la que no se nombra: ha muerto Juan Carlos Etchepare “a la temprana edad de veintinueve años, tras soportar las alternativas de una larga enfermedad […]”. Al decir de Héctor Schmucler, la enfermedad es uno de “los silencios significativos de la novela” junto con la sexualidad, la muerte, la perentoriedad del cuerpo. En las raras ocasiones en que se habla de ellos, se habla con eufemismos – dice Schmucler – y, acto seguido, pone como ejemplo la tuberculosis que nunca se nombra sino como “esa enfermedad” o, por boca del médico, como “una enfermedad altamente contagiosa”. (4) La enfermedad en Boquitas no es ni más ni menos que un ejemplo de aquello que desarticula los códigos de una sociedad.

Volviendo a la razón de peso que pudo haber tenido Puig para hacernos saber que Juan Carlos va a morir antes de que se termine la novela, podría ser simplemente que no podía pasar más tiempo, pues diez años después hubiera aparecido la quimioterapia y, probablemente, Juan Carlos se hubiera curado. (5) Pero lo esencial, a nuestro juicio, es que el autor no tiene ninguna simpatía por Etchepare – y, por ende, nosotros tampoco – como no la tiene por ninguno de sus personajes, y la enfermedad es una más de las innumerables miserias que aquejan a los habitantes de Coronel Vallejos; Etchepare no dejará de ser un miserable hipócrita porque esté tuberculoso y eso hace que esté muy lejos de ser un héroe romántico.

La otra cuestión que no se puede pasar por alto en este análisis, y que está en absoluta coherencia con las fechas apuntadas, es que el temor al contagio y el rechazo al contacto son explícitos en la novela dando cuenta de una realidad, alarmante en la época, que conducía a la marginación de los enfermos y a su aislamiento, con frecuencia, en los hospitales creados en las sierras de Córdoba, en la creencia de que el aire serrano era saludable y curativo para los pulmones. Así es como Juan Carlos pasa parte de su vida en el hospital de Cosquín.

En este aspecto vale la pena citar un fragmento – que, en parte, ya adelantamos – en el que el médico de la familia advierte a Mabel (una de las chicas que frecuentaba a Juan Carlos), con la misma hipocresía que caracteriza todo los actos de los pobladores de Coronel Vallejos, de los riesgos que significa el contacto: “ […] ¡padece de un principio de una enfermedad altamente contagiosa! y, como al pasar, le aconseja que ya que están distanciados, trate de seguir evitando su compañía. En una palabra, “no verlo más hasta que lograra curarse” (6)

Junto a este discurso del médico, atravesado por el conocimiento de la chusma vulgar, está  el de la consejera de Mundo femenino, tan hipócrita como el anterior y, a su vez, atravesado por el discurso médico:

He consultado con un médico y me ha dicho que puedes verlo como amiga, tomando precauciones. Trata de no acercarte mucho y de acostumbrarte a palmearlo solamente […] Mientras que al despedirte puedes darle la mano ya que enseguida tendrás la posibilidad de lavártelas con  jabón y luego empaparlas en alcohol. (7)

¡Cómo se hubiera horrorizado Keats!, que cuidó con amor y devoción a su madre y a su pequeño hermano Tom, ¡y Severn!, en cuyos brazos murió el poeta, ante tantas prevenciones por temor al contagio. Es cierto que ellos estaban convencidos de que era una enfermedad hereditaria y la posibilidad de contagio, que impidiera abrazar y acompañar hasta último momento a sus seres queridos, jamás entraba en sus cálculos. Pero, más allá de estas consideraciones que son del orden de la lógica y la especulación, se puede asegurar que la literatura argentina no ha sido muy benévola con la tuberculosis pues, en general, hizo más hincapié en el que “escupe bacilos” que en el romántico enamorado. Ese es Etchepare, además de gran candidato a la enfermedad por su promiscuidad y afición a la bebida. Una y otra vez  se alude a la relación entre  la enfermedad de Juan Carlos y el sexo. Le escribe Nené (una ex novia) a doña Leonor, la madre de Juan Carlos:

[…] no hacía mucho que hablábamos con Juan Carlos cuando tuvo aquel catarro que no se le curaba […] cuanto más lo entretenía yo a la noche charlando en la tranquerita…más tardaba él en irse a lo de la viuda Di Carlo […] entraba por el alambrado del guardabarreras a lo de la viuda moscamuerta. Era ella quien le chupaba la sangre y no yo. (8)

Hasta el médico director del hostal de Cosquín participa de los prejuicios. En una carta dirigida a su colega de Coronel Vallejos se hace eco del chismorreo sobre la conducta de Juan Carlos y de las mujeres con las que mantiene sexo:

El apuro en volver no sé a qué atribuirlo […]  Algún enredo de polleras puede ser la causa […]. Recuerdo un detalle curioso al respecto: la gravedad del estado de Etchepare la conocí gracias a un anónimo mandado por una mujer la cual […] me decía que Juan Carlos no quería venir a mi consultorio para que no se supiera que estaba mal, que en su presencia había escupido sangre y que yo debía alejar a Juan Carlos del contacto con los seres queridos, cosa que ellos no se animaban a expresar.

En el  “álbum de fotografías, que data del 37, se alude a la prostitución y los excesos alcohólicos a los que era proclive desde muy joven: se lo ve  junto a Pancho alrededor de una  mesa “cubierta de botellas de cerveza” y, sobre los muslos de los muchachos, dos mujeres jóvenes, “de carnes fatigadas”, provocativamente vestidas, cuyos rostros muy maquillados muestran las huellas de  la ‘mala vida’.

En suma, la literatura argentina ni tampoco las letras de tango han sido demasiado generosas con los personajes tuberculosos como sí lo fue la europea. En Residuo de fábrica de E. Carriego, por ejemplo, se hace expresa alusión al contagio y al rechazo de los más íntimos: “Ha tosido de nuevo. El hermanito […] se ha levantado, y bruscamente/ se ha ido murmurando […[ con algo de pesar y mucho de asco: / que la puerca otra vez escupe sangre …” (9)

Del amor inconmensurable y único de Keats por Fanny Brawne o, para no ir tan lejos, del que le cuesta la vida a Michel Furey en Los muertos, tampoco ha quedado nada en Boquitas pintadas. Lejos de eso, de Juan Carlos se dice que es “mujeriego”, un “puerco asqueroso” a quien sólo le interesa conseguir sexo de todas porque “no quiere a ninguna”. Nada ha quedado en ese jugador que lo único que  quiere en la vida son los billetes, ignorante, habituado a los clisés como “quien fuera almohada para estar más cerca”, incapaz de escribir una carta de amor sin la ayuda del profesor de griego y latín con quien comparte el hostal. Padece los “ardores” de la fiebre, tose, escupe sangre, se ahoga hasta perder el aliento como Margarita pero ese ardor no se corresponde con ninguna pasión triste. (10) Por el contrario, requiere los favores de varias mujeres a la manera del don Juan oportunista que utiliza técnicas para seducirlas: “… como de costumbre le pidió a Nélida que le cediera sus favores, ella se negó como de costumbre”.  “…el no se resignaría a que “la Reina de la Primavera” se le resistiera”…”la besó por segunda vez…y pensó en las maniobras que infaliblemente la seducirían como habían seducido a muchas otras”. (11)

De la sensibilidad extrema de Ralph Touchett a la vulgaridad de Juan Carlos Etchepare, del sufrimiento y la desesperanza amorosa de Margarita Gautier al juego doble del personaje de Boquitas, se ha creado un abismo. Etchepare no es merecedor de la enfermedad de los espíritus nobles, inteligentes y enamorados.

Ester Primavera es un cuento breve que transcurre en un espacio preciso, el Sanatorio de tuberculosos de Santa Mónica, pero sin ninguna referencia temporal, por lo que el lector debe inferir que se sitúa en la década del 30 del siglo pasado, fecha de su publicación – puntualmente, 1933. No hay en ella eufemismos ni ocultamientos, como en Boquitas, pues de inicio se dice que es un hospital para tuberculosos, cerca de mil tuberculosos entre hombres y mujeres se hospedan en ese lugar. Sin que se puedan determinar las fuentes, se ha dicho que Roberto Arlt estuvo internado en Cosquín por una afección pulmonar; dato biográfico que, aún siendo de origen incierto, es factible ya que, como sabemos, en su época la tuberculosis era una enfermedad muy frecuente y una de las principales causas de muerte en el mundo y bien podría haber sido el autor de Los siete locos una de sus víctimas. En coincidencia con la novela de Puig, ninguno de los enfermos que forman una comunidad con el enamorado de Ester Primavera es mejor que Juan Carlos Etchepare. Son todos canallas y se apuesta a ver quién es el más canalla: “lanceros”, homicidas, punguistas, burreros, estafadores; lo peor de lo peor. Vale recordar que estos especímenes son una constante en la obra de Arlt. Sin embargo, lo peor de lo peor, la canalla más rancia no produce el rechazo que produce Etchepare. En un sentido, hay en el relato algo de misericordia que falta en la novela de Puig. Tal vez esta suerte de conmiseración provenga del que relata, un tuberculoso, internado, de quien ni siquiera se conoce su nombre, y de prontuario desconocido; sin embargo, es otro canalla que ha cometido la infamia de haber inventado una historia., una “mentira que era la verdad de otro” que, por cierto, entraña una maldad inexplicable hacia la mujer que ama; lo sorprendente es que él adjudica la canallada a la enfermedad que lejos de ser, como en La montaña mágica, camino hacia la perfección y el crecimiento personal, es capaz de despertar, por acción de los bacilos y sus toxinas, una “malignidad” y una perversidad común a numerosos tísicos, deseosos de hacer daño a sus semejantes, de lo que obtendrían un placer mórbido. Esto que, a primera vista, podría ser interpretado como una invención del escritor, parece haber sido otro de los mitos que creó la tuberculosis, pero un mito con nacionalidad propia: argentino. Para quienes hemos incursionado en la más que abundante literatura europea sobre el personaje tuberculoso, no existen registros de tamaña maldad y ni siquiera para la época de la despiadada guerra contra la enfermedad se esgrimieron argumentos de este tipo en su contra. No obstante, se dice por ahí que la declaración del narrador de Ester Primavera forma parte del imaginario social de la época, que incluye las ansias de contagiar la enfermedad a otros. Según A. Carbonetti, el médico argentino Antonio Cetrángolo afirma en su libro (12) que una de las características que se atribuía a la personalidad del tuberculoso era, junto a la conocida y exquisita sensibilidad, el egoísmo que se ponía de manifiesto por el deseo de transmitir la enfermedad a su prójimo, incluidos sus seres queridos. Y en Balcón hacia la muerte, de Ulises Pettit de Murat, también se alude a este deseo. En un pasaje de la novela, – transcurre también en un sanatorio –  Federico Clancy, el personaje central, conversa con otro de los internados sobre los deseos de “el venezolano” de contagiar a su mujer, “a toda costa”,  para que ella se enferme antes de que él muera. En base a estos hallazgos, Carbonetti que, en apariencia, ha investigado en profundidad el tema, no deja lugar a dudas sobre esta variación del mito. Escribe:

El imaginario social y médico generaba una serie de metáforas acerca de la enfermedad y le asignaba al tuberculoso una personalidad egoísta, de maldad a partir de los mismos bacilos que con sus toxinas desviaban temperamentos convirtiéndolos en personajes malévolos, capaces de repartir por doquier su enfermedad, especialmente a los seres queridos. (13)

Interesante y ¡sorprendente! por el contraste con algunos recuerdos literarios que nos vienen a la memoria y que destacan la generosidad y la bondad de los tuberculosos reales y de la ficción europeas y que, a su vez, refrendan nuestra propia idea de que puede haber sido un mito argentino, nacido otra vez de la medicina; el primer recuerdo es el de Milly Thale, en Las alas de la paloma, quien antes de morir le lega toda su fortuna al ambicioso hombre que ama y que ha sido causa de sus desvelos, y Sontag también recuerda que en Dombey e hijos, Paul reflexiona en silencio sobre el afecto que crece gradualmente en su interior “hacia casi todo y casi todos los que lo rodeaban”. La comparación es tan grosera que sobran los comentarios.

Mito nacional o no, el narrador de Ester Primavera ha cometido una infamia doble por obra de los bacilos: le cuenta a su amada una historia que no le pertenece: como de la nada, le surge, sin ninguna posibilidad de frenarse, decirle que es casado y, luego, en un arranque de celos se venga calumniándola. No parece haber nada romántico en la conducta del personaje, al menos en el sentido que recorre toda la literatura y la vida del siglo XIX: aristocracia de espíritu, sensibilidad extrema, pasiones dolorosas, por mencionar sólo algunas de las virtudes que dieron forma a la ‘metáfora’. Pero hay un dato del personaje de Arlt que lo rescata y que no aparece – y si aparece, es de signo contrario – en el personaje de Boquitas. ¿Se puede acaso pasar por alto que el tuberculoso, aun en su ‘canallada’, es un poeta y que está enamorado, que dice en varias oportunidades “hace setecientos días que pienso en ella”? ¿Qué otra cosa es la literatura sino contar historias inventadas pero que, a su vez, se conectan con la vida real?

El contraste entre Arlt y Puig es evidente: cuando el profesor de griego y latín, le propone a Etchepare escribir una carta poética a una de las chicas, el joven se burla de esas cursilerías propias de una novela y rechaza la propuesta.

  1. Barcelona: Seix Barral, 1993.

  2. En Obra Completa , Argentina: Planeta, 1991, pp.: 221-34.

  3. Véase mi libro Una enfermedad romántica. La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto, Argentina: EMR, 2006.

  4. “Los silencios significativos” en  Rev. Los libros 4 (1969) 9.

  5. Ésta es sólo una hipótesis personal que surge de mi propio análisis.

  6. En Poesía completa, Buenos Aires: Eudeba, 1968.

  7.  Op. Cit; 2006; pp.: 21-2.

  8.  Antonio Cetrángelo fue un médico tisiólogo, director del Sanatorio Santa María, que volcó su experiencia en un libro de 1945 (al que no he tenido acceso)  titulado Treinta años cuidando tuberculosos.

  9. Véase “La tuberculosis en la literatura argentina: tres ejemplos a través de la novela, el cuento y la poesía” en História, Ciencias, Saúde; Manguinhos, VI (3), 479- 92, nov. 1999 – feb. 2000.