Cátedra de Clínica Médica – Facultad de Ciencias Médicas – Universidad Nacional de Rosario
[…] In Sontag’s commendable effort to restore dignity to those who must contend with society’s hostile or perverse metaphors for their illnesses, she imagines a “reality” of disease outside of history and culture. Indeed, what is difficult to imagine is how a culture could understand or conceive of illness without metaphor.
El sorpresivo resurgimiento de la tuberculosis en los años ochenta del siglo pasado – después de una década de silencio desde la publicación de La enfermedad y sus metáforas – motivó a los historiadores a revisar la historia de la enfermedad que en el siglo XIX ostentó los más diversos significados y fue, además, objeto de veneración en vastos círculos de la sociedad decimonónica.
La tisis (phthisis) es tan antigua como la humanidad y su reconocimiento médico se remonta a Hipócrates, quien la identificó como la enfermedad más ampliamente difundida en su época y la mayoría de las veces mortal. Sin embargo, fue recién en el siglo XIX cuando cumplió una doble función estética cuya comprensión resulta imposible fuera de su contexto histórico.
Las enfermedades y la muerte han sido temas recurrentes e interesantes para la literatura y el arte de todos los tiempos. Pueden ser colectivos, como la peste y el cólera, o individuales, como la sífilis y el cáncer, pero, casi siempre, con un denominador común: su carácter punitivo. Durante gran parte del siglo XIX, la tuberculosis se liberó de esa carga para soportar el peso agobiador de una metáfora entretejida alrededor de la creencia de que el tuberculoso era una víctima inocente a quien la enfermedad le venía de adentro, de su ser más íntimo. Esta diferencia, que a simple vista parece insignificante, se vuelve crucial a la hora de analizar lo que hemos llamado su doble función estética, a saber, como tema para un corpus literario sin precedentes y como valor estético e intelectual que se incorporó a la vida social de los sectores aristocráticos. Si tomamos en cuenta la opinión de M. Bajtin de que “una realidad de hecho que no haya sido interpretada ideológicamente […] no puede formar parte de un contenido literario”, podríamos asegurar que las raíces de su singularidad se encuentran en la sociedad y que, en suma, la literatura no hizo otra cosa que incorporar a sus obras un sentimiento arraigado en la vida del siglo XIX. [1]
Para comprender la emergencia de la tuberculosis como ‘metáfora’ romántica es necesario conocer una parte de la historia socio-cultural y científica europeas. La medicina del siglo XIX estaba muy lejos de ser la medicina tecnificada de hoy y la primera mitad del siglo no fue un tiempo de grandes innovaciones. Como ejemplo, basta con recordar que el estetoscopio – descubierto por René Théophile Laënnec en 1819 – era utilizado sólo por algunos médicos, mientras que el uso clínico del termómetro se convirtió en rutina recién a mediados de siglo, y los Rayos X fueron dados a conocer por Röntgen en 1895. Y entre ellos, un acontecimiento clave en la historiografía médica: el descubrimiento del Mycobacterium tuberculosis a manos del bacteriólogo alemán Robert Koch, en 1882. Clave, porque marca la línea divisoria del siglo a cuya luz se deben interpretar no sólo las repercusiones sociales de la enfermedad, sino también su lugar en el arte y la literatura de la época. Hasta entonces, dos teorías especulaban sobre su origen: una, proveniente de la ortodoxia médica, sostenía, aunque con poco énfasis, la posibilidad de que se tratara de una enfermedad infecciosa mucho antes de que Jean Antoine Villemin (1865) demostrara su transmisibilidad. La otra, proveniente de la llamada ‘medicina romántica’ o ‘medicina esencialista’ entre los franceses – como una réplica de un tema muy caro al arte: la trágica y fatalista determinación de la enfermedad y la muerte por factores “psicógenos” – tuvo un papel destacado en la configuración de la ‘metáfora’; para los esencialistas, las enfermedades en general y la tuberculosis, en especial, formaban parte de la esencia personal. En otras palabras, surgían espontáneamente de causas internas y predisposiciones hereditarias más que de causas externas, las que sólo podían tener alguna influencia en la emergencia de las tendencias internas y las predisposiciones, pero de ninguna manera ser la causa primordial. Como representante de esta teoría se destacó precisamente Laënnec, una de las figuras más reverenciadas en la historia de la medicina francesa, cuyas opiniones influenciaron la enseñanza y la práctica médicas durante buena parte del siglo. En la segunda edición de su célebre Traité de l’auscultation médiate (1826) – poco antes de su propia muerte por tuberculosis – rechazaba de plano la teoría del contagio en favor de la transmisión hereditaria pues, en su mente, la teoría infecciosa no explicaba que los niños contrajeran la enfermedad con mayor frecuencia que otros integrantes de la familia. Si así fuera – sostenía – los primeros en adquirirla serían los esposos, puesto que ellos tienen una relación más íntima y comparten el lecho. [2] Su hipótesis se basó en su experiencia clínica con muchas personas que, aun durmiendo hacinadas en pequeñas habitaciones donde había un tuberculoso en estadio avanzado, permanecían – al menos, en apariencia – sanos. Además de la predisposición hereditaria, Laënnec afirmaba que entre las causas que intervenían en la consunción pulmonar, ninguna era tan cierta como las “pasiones tristes”. [3] Desde esta óptica, el famoso médico explicaba por qué la enfermedad era tan frecuente en las ciudades y rara entre los campesinos: “allí los hombres tienen más relaciones entre sí y entonces tienen más causas para más frecuentes y profundas penas”, y la medicina nada puede hacer contra ellas. [4]
Cuarenta años después, la opinión de Laënnec continuaba siendo un dogma entre los médicos interesados en la tuberculosis. Corría 1866, cuando el Profesor Michel Peter, de la Facultad de Medicina de París, reproducía sin cambios el análisis del maestro: la tuberculosis se gesta dentro del cuerpo mismo, determinada por una predisposición hereditaria transmitida de generación en generación a la que se agregan algunas causas ocasionales tales como las pasiones tristes. En ausencia de Laënnec, Peter se convirtió en uno de los más acérrimos opositores a la teoría contagionista y el mayor oponente a las ideas de Pasteur, llegando al extremo de responder con agresividad a los experimentos de Villemin, aun antes de que estos llegaran a la academia. Como Peter, el notorio académico Hermann Pidoux es recordado por su crítica feroz a la teoría infecciosa y sus ardorosas expresiones en contra de la misma. La consideraba inocente y vulgar y llegó a decir que las doctrinas animistas de quienes imaginan a los virus como almas existiendo por sí mismas son muy placenteras para la imaginación, pero no serias. Aspiraba a una nueva medicina que proporcionara más “soluciones sociales” al problema de la tuberculosis, pero defendía con ahínco los conceptos de “morbilidad espontánea” de la medicina esencialista. En este clima de ideas, en el que se empieza a esbozar la enfermedad como un problema social, Pidoux consideraba que había tres categorías de enfermos consuntivos: los que contraían la enfermedad por causas externas: la “tisis de los pobres”, cuyo factor primordial era la pobreza que llevaba a la desnutrición y al trabajo excesivo; los que la contraían por causas internas o patológicas: la “tisis de los ricos”, resultante de los excesos constituidos por el “ocio”, la “lujuria”, los ”excesos de comida” y los “tormentos de la ambición” y, finalmente, aquellos en que no se encuentran ni causas internas ni externas y, entonces, contraen la enfermedad por una predisposición constitucional. En el imaginario de los seguidores de Laënnec, la inclusión del factor social era un complemento de la vieja teoría esencialista.
Peter, por su parte, – y como antes lo hiciera Laënnec – le sumó al papel preponderante de la herencia y las pasiones frustradas, otros factores que hacían referencia a una actividad sexual poco saludable como la masturbación y los “excesos venéreos”. El “onanismo” y “el abuso del coito” constituían lo que el médico llamó “una doble pérdida”: “la pérdida de los fluidos corporales vitales”, con el consiguiente costo para el organismo, y la pérdida de los “impulsos nerviosos” a través del espasme cynique en el momento del climax”. [5] El historiador David Barnes, en su exhaustivo estudio de la tuberculosis durante el siglo XIX en Francia, afirma que estas referencias médicas no se deben confundir con sanciones morales y, menos aún, con los objetivos discriminatorios de las frecuentes campañas políticas y sociales que asociaban alcoholismo y sífilis con tuberculosis. La medicina esencialista, por el contrario, responsabilizaba a los “excesos venéreos” de contribuir a la aparición de la enfermedad porque ellos representaban “pérdidas orgánicas” no compensadas.
Cuando Villemin anunció el éxito de sus trabajos de investigación, con los que había logrado transmitir la tuberculosis humana a los animales de laboratorio, los miembros de la Academia de Medicina reaccionaron a viva voz y se negaron a aceptar, sin un debate público previo, una teoría que echaba por tierra las creencias convencionales. Entre ellos estaban Peter y Pidoux dispuestos a defender, con uñas y dientes, la teoría anticontagionista. Es obvio que la mentalidad de la época no estaba preparada para recibir la teoría del contagio como una idea nueva y revolucionaria, sino, más bien, como una reliquia del pasado, incluso como una superstición propia de las masas desinformadas. En efecto, para muchos médicos adscriptos a la teoría hereditaria, se trataba de un prejuicio que inspiraba temor en la población y estigmatizaba a los enfermos como enemigos de la salud. Se ha intentado explicar la resistencia de estos hombres lúcidos – a lo que prácticamente ya era una evidencia – por la fuerte aversión política y filosófica al contagio que comprometía la moral nacional. No obstante, tras el descubrimiento del bacilo, los argumentos de los esencialistas comenzaron a desvanecerse mientras la teoría del contagio ganaba adeptos. Pero, haciendo honor a la verdad y, tal vez, por la impotencia que generaba una enfermedad infecciosa que carecía de una terapéutica adecuada, gran parte de la sociedad continuó desestimando la posibilidad del contagio y alimentando fantasías a la vieja usanza. En consecuencia, hacia fines de siglo, e incluso en las primeras décadas del XX, las discusiones sobre la tuberculosis eran el resultado de una superposición de teorías destinadas a darle una explicación.
Entre 1898 y 1908, los defensores de la teoría contagionista lanzaron en Francia “la lutte contre la tuberculose”. La cita en francés tiene su explicación en que, si bien la “guerra contra la tuberculosis” fue un fenómeno universal, en Francia adquirió un cariz inusitado y una violencia incomparables con el resto de los países europeos. Las razones se deben buscar en la situación sociopolítica de esa nación y en una serie de factores que acosaban a Francia durante la primera mitad del siglo: el desmesurado crecimiento demográfico de las grandes ciudades a expensas de las migraciones provenientes del campo y de las ciudades marginales en busca de una vida mejor; la burguesía en ascenso que, poseedora de un gran poder político y económico durante la Monarquía de Julio, veía al habitante pobre de la ciudad como “sucio”, “criminal” y “políticamente peligroso” y el principal transmisor de la tuberculosis. Para colmo, este país tuvo los índices más elevados de mortalidad por esta causa con respecto a Inglaterra y Alemania y la declinación más lenta de estos índices a comienzos del siglo XX, en clara correspondencia con un standard de vida más bajo y una mejoría más lenta del mismo a través del tiempo.
En este contexto, la lutte contre la tuberculose se inició con una calurosa polémica en la Academia de Medicina de París, presidida en esa oportunidad por el notorio médico Joseph Grancher, quien lamentando la indiferencia y la resignación con que la población y aun los médicos habían tratado, hasta entonces, la enfermedad, se refirió a los enfermos y a su futuro en estos términos: “sabemos … que el tuberculeux, que escupe sus bacilos, es peligroso y que debemos protegernos de él .. El esputo lleno de bacilos es el vehículo habitual del origen de la tuberculosis!. Así, el esputo es lo que debemos destruir antes de que se seque”. [6] Las expresiones de Grancher son más que elocuentes: se había desatado la paranoia tendiente a discriminar y marginar al enfermo tuberculoso porque constituía un peligro para la sociedad.
Pero el trabajador no fue el único blanco de estas campañas. Aunque con variaciones a lo largo del siglo, la mujer enfermaba y moría de tuberculosis con mayor frecuencia que el hombre, diferencia que se atribuyó en parte a una “debilidad innata” en las mujeres y, en parte – como consecuencia de esta debilidad – a las peligrosas y mal remuneradas ocupaciones femeninas que colaboraban en la intensificación de la pobreza. No faltaron tampoco quienes responsabilizaron a ciertos “fenómenos particulares que aparecen con la pubertad, que recurren periódicamente y sólo cesan con los años”, refiriéndose eufemísticamente a la menstruación y el embarazo.[7] Otros higienistas, enrolados en el esencialismo, opinaban que “la mujer muere más frecuentemente de tuberculosis que el hombre debido a su temperamento linfático” con su tendencia a la “languidez”, estado que preparaba el terreno para el desarrollo del bacilo. En esta situación, se llegó a interpretar el predominio en las mujeres como el resultado de la suma de “una constitución débil, magros ingresos con la consecuente pobreza, junto a pasiones activas y […] excesos de todo tipo que llevan rápidamente a agravar su débil humanidad conducida por sueños no cumplidos”. [8] Este fragmento pone en evidencia la condena moral encubierta proveniente del fatalismo original de la mujer, una suerte de “inevitable destino” que la lleva a desempeñarse en ciertas ocupaciones públicas de las que el hombre está exento. El autor de dicha tesis equipara biología con destino y reduce las diferencias sexuales en mortalidad a una cuestión moral: la prostitución. Con el tiempo, en la agresiva retórica de la educación antituberculosa, los enfermos “peligrosos” pasaron a formar parte de un triángulo del que los otros dos vértices estuvieron dados por el alcoholismo y la prostitución que preparaban el cuerpo para la adquisición de la enfermedad. El “terrorífico trío”, – así lo llamaba Maurice Letulle, un higienista – vehículo de la depravación moral, era considerado junto con las malas condiciones de vivienda al cambiar la centuria, el factor principal en su diseminación. Estas asociaciones mórbidas y la fiereza con que se intentó combatirlas fueron, al menos en su tono, exclusivas de Francia. Ellas contribuyeron a fortalecer ciertas opiniones sobre qué conductas podían ser inmorales y peligrosas para la sociedad. En opinión de Barnes, el “terrorífico trío” tuvo una importancia fundamental por dos razones: primero, porque estableció una etiología moral de la tuberculosis, “la mayor asesina de Francia”, y de este modo unió, persuasivamente, conducta con enfermedad y moralidad con mortalidad. Segundo, porque tales conexiones consolidaron fenómenos en apariencia independientes dentro de un síndrome generalizado de declinación nacional, constituyendo la manera de expresarlo en términos médicos y científicos. [9]
El uso de la narrativa como estrategia de sentido en el siglo XIX no fue privativa de los escritores. Muy por el contrario, parece haber sido uno de los métodos más comunes en las discusiones públicas sobre los problemas que acarreaba la tuberculosis. Para tener una idea de cuán lejos había llegado la paranoia, basta con leer este fragmento de Louis Renón – un profesor de la Facultad de Medicina de París – en Les maladies populaires (1905):
El alcoholismo es el gran proveedor de la tuberculosis. “La phtisie se prend sur le zinc”, dijo M. Hayem y es verdad. Es el socio de la sífilis en aquellos sombríos cabarets que se encuentran en abundancia alrededor de cuarteles y factorías, bares donde uno encuentra alcoholismo de un lado de la barra y sífilis del otro. [10]
En las columnas médicas de los periódicos se podían leer advertencias tan descabelladas como, por ejemplo, que la costumbre de leer libros, que pasaban de mano en mano, debía abandonarse porque ellos podían contener un número suficiente de bacilos por página como para contagiar la tuberculosis; el columnista aseguraba que los bacilos se preservaban tan bien entre las páginas de una novela como una planta en un jardín botánico. Otros aconsejaban evitar las conversaciones íntimas porque hablar boca a boca, contarle una historia a un niño es como enviar una flecha envenenada a su sonrisa, y ni qué decir el beso, en general, y, sobre todo, proteger a los niños de éste. Al margen de estas preceptivas individuales, hubo una en la que todos los médicos estuvieron de acuerdo: la prohibición de escupir. “¡El esputo es el enemigo!” [11] era el lema de la belle époque en Francia. El trabajador negligente que “tose, escupe e infecta a los inocentes a su alrededor” fue un motivo recurrente en la literatura antituberculosa.
La bacilofobia tuvo ribetes tan alarmantes y desagradables como el de exponer en una tesis médica los resultados de la observación de los paseantes que escupían en los grandes bulevares parisinos, llegando al extremo de contar el número de esputos encontrados en una cuadra entre el Ópera y la calle Montmartre. El autor de la tesis propuso, asimismo, la sanción de una ley que castigara a los que convierten los cafés y los teatros en verdaderos lagos de esputo. Ejemplos de tono repugnante como éste abundan en la literatura demostrando cuáles eran los puntos de disgusto en las campaña antituberculosa: los “olores displacenteros”, “el acercamiento promiscuo de los cuerpos”, los “fluidos corporales” y los “excrementos”. [12]
Algunas instituciones médicas intentaron inútilmente contrarrestar la bacilofobia extrema con el razonable argumento de que la tuberculosis no era tan contagiosa como se estimaba y que, por lo tanto, era necesario controlar los excesos en la implementación de medidas contra el contagio puesto que significaba marginar y aislar no sólo a los enfermos sino también a aquellos que por su condición social fueran sospechosos. A pesar de estas protestas marginales, las campañas oficiales, embanderadas en el “hipercontagionismo”, cuyo objetivo primordial era salvar a Francia – y, en especial, a París – por medio de la implementación de medidas todas destinadas a identificar y aislar las posibles fuentes de contagio, no cejaron en sus intenciones.
Los dispensarios antituberculosos fueron la primera línea de defensa en la despiadada guerra contra la tuberculosis. Creados con la explícita función de proporcionar asistencia médica e impartir nociones elementales de higiene personal y doméstica a los enfermos o potenciales enfermos pobres, encubrían, sin embargo, la función de investigar a aquellas personas sospechosas de estar infectadas. La institución modelo en Francia fue el Préventorium Emile Roux establecido en 1901, en Lille, por Albert Calmette. [13]
Una segunda línea de defensa partió de la declaración obligatoria de los “casos” de tuberculosis por parte de los médicos. Las opiniones sobre esta medida estuvieron profundamente divididas pues muchos médicos la consideraban violatoria del secreto profesional. No obstante, la “declaración” parece un juego inocente – aunque no lo es – al lado de la propuesta de confinar a los enfermos en tuberculosarios, similares a los antiguos leprosarios, bajo la premisa de que el consuntivo representa un valor reducido, sino nulo, para la sociedad, frente al hombre sano que es necesario preservar.[14] Jules Héricourt, uno de los grandes defensores de esta línea, justificaba la toma de una decisión tan drástica con el argumento de que si el tuberculoso continuaba circulando, diseminaría el contagio en las calles y en las plazas y, a través de la tos, continuaría respirando el bacilo dentro de la atmósfera. No hubo ningún establecimiento de este tipo en Francia, pero mucho más cercano a nuestros tiempos, en 1993 precisamente, se reabrió en Nueva York una vieja sala de un hospital en la Isla Roosevelt con el objeto de internar, por la fuerza, a aquellos pacientes tuberculosos que repetidamente no completaran el tratamiento. [15]
La agitada campaña se vio reforzada por la impotencia resultante de la carencia de un tratamiento adecuado. En los años previos a la quimioterapia, el único tratamiento que los médicos prescribían, como consecuencia de las múltiples especulaciones alrededor de la enfermedad, era lo que se conoce como cura de aire fresco, de reposo y de sobrealimentación. Sólo con una completa nutrición y descanso en un ambiente adecuado, podía el cuerpo soportar los estragos de la tuberculosis. Con este fin se crearon sanatorios especiales en la montaña y el desierto, instituciones que, a diferencia de los dispensarios, dieron albergue sólo a pacientes pudientes y en estadios precoces de la enfermedad y, por ende, con grandes posibilidades de recuperación. En otras palabras, los sanatorios admitían sólo a los enfermos que en el futuro le podían ser útil a la sociedad. A uno de ellos, situado en Davos – y que luego sirvió de inspiración para La montaña mágica – concurría periódicamente Thomas Mann, en 1912, para visitar a su esposa Kajia, internada por una ‘afección pulmonar’. Como en La montaña mágica, estas instituciones no estuvieron exentas de un sesgo ficcional en la vida real. Se cuenta que Hermann Brehmer, un joven silesiano, estudiante de Botánica y enfermo de tuberculosis, a quien su médico le aconsejó buscar un clima más saludable, viajó por las montañas del Himalaya donde acrecentó sus estudios de botánica mientras trataba de curarse de la enfermedad. A su regreso – curado – comenzó estudios de Medicina y, luego, presentó su tesis doctoral bajo el auspicioso título de La tuberculosis es una enfermedad curable. En 1854, Brehmer construyó un sanatorio en Gorbersdorf donde, entre espinos y buena nutrición, los pacientes se exponían continuamente, desde sus balcones, al buen aire de la región. La historia de los tuberculosos carece, en general, de este final feliz de Brehmer. Lo cierto es que estos sanatorios, extremadamente populares en Europa Occidental y Estados Unidos, tuvieron una función dual: aislar al enfermo, en tanto origen de la infección de la población, y proporcionarle paralelamente la ‘cura de reposo’, esto es, una vida regulada en el hospital durante el largo proceso de la enfermedad.
Bajo la influencia de la medicina occidental, la idea de que ciertos climas podían ofrecer algún beneficio a los enfermos se propagó entre los médicos japoneses. Fueron pioneros en este sentido, Sensai Nagayo, quien fundó el Kamura Sea Hospital, en 1887, y Heizaburo Tsrusukai, el Sumaura Hospital, en 1889, ambos a la orilla del mar. La primera y más famosa institución en las altas montañas fue el Fujimi Alpine Sanatorium, inaugurado, en 1925, por Fujokyu Masaki. El médico escritor Mahito Fukuda, adscripto a la teoría romántica de la tuberculosis, autor de novelas y de ensayos sobre la historia de la enfermedad en el Japón, ha dejado sentado que muchos artistas japoneses fueron albergados en sanatorios de este tipo donde transcurrió gran parte de sus vidas.
En los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, es decir, mucho antes de que se contara con la quimioterapia antituberculosa, la enfermedad comenzó a disminuir su incidencia, con diferentes ritmos, en los países industrializados. Esta situación ha llevado a algunos historiadores – como el británico Thomas Mc Keown – a asegurar que su declinación dependió más de la mejoría de las condiciones de vida que de los avances médicos o de la intervención estatal en los problemas de salud pública. La tesis de Mc Keown tiene su base en algunos aspectos correlativos entre ciertos hechos históricos y la evolución de la tuberculosis como, por ejemplo, que durante la guerra francoprusiana y en los años subsiguientes – con el empeoramiento de las condiciones de vida – se produjo en París uno de los picos más elevados de mortalidad por tuberculosis y que, a la inversa, a fines de siglo se inició una lenta pero apreciable disminución de la mortalidad por esta causa, que el historiador adscribe a la mejoría del standard de vida con el advenimiento de la Tercera República. Otros, en cambio, atacaron su tesis argumentando que las razones reales de esta declinación, en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, se deben buscar en las reformas sanitarias y, en especial, en las medidas de aislamiento de los enfermos potencialmente contagiosos. La teoría de Mc Keown, – como la de otros historiadores revisionistas – que vincula la enfermedad con la pobreza, se refuerza cuando se comprueba que mientras en los países ricos desapareció prácticamente de la escena en los años de la quimioterapia efectiva, en América Latina se convirtió en una enfermedad endémica. [16] El gran cambio de la enfermedad, que acosó a la humanidad durante cientos de años, se produjo, a mediados del siglo XX, con uno de los logros más importantes de la medicina moderna: el descubrimiento de la quimioterapia. Desde entonces, y durante más de tres décadas, la tuberculosis pareció haber detenido su historia, hasta que, en los años ochenta, la realidad demostró que el silencio no era eterno. Regresó a aquellos países en que estaba prácticamente controlada y lo hizo con algunas características nuevas: es más agresiva y, lo que es peor, en muchos casos, resistente a las drogas que en el pasado le habían ganado la batalla al bacilo de Koch. En 1997, la Organización Mundial de la Salud realizó un estudio epidemiológico, a nivel mundial, que arrojó más de siete millones de casos nuevos en ese año con una mortalidad cercana a los dos millones. De esta cifra, muchos tenían una tuberculosis resistente a múltiples drogas. [17]
Del cúmulo de reflexiones que suscitó el inesperado regreso de la tuberculosis, vale la pena recordar, por su pertinencia, la de Hillas Smith en su libro Keats and Medicine. [18] Dice algo así: si John Keats volviera a vivir seguramente quedaría impresionado con muchos de los cambios del mundo moderno y con los avances médicos, en particular con aquellos relacionados con el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad que lo llevó a la muerte, pero no menos impresionado quedaría viendo como más de doscientos años después, la tuberculosis vuelve a ser un problema que como en su época se cobra millones de víctimas, ya no por desconocimiento médico-científico, sino por realidades más graves como que mientras nos regocijamos combatiendo las bacterias, ellas se defienden creando nuevos mecanismos de defensa que parecen decir que, así como nos precedieron, casi con seguridad nos sobrevivirán. Y los historiadores, deslumbrados porque la vieja tuberculosis reanudó su historia, afirman que las preguntas y las respuestas parecen preservarse intactas desde los tiempos en que la enfermedad emergió como el mayor problema social en muchos países del mundo y como ‘metáfora’ de gran valor artístico e intelectual.
Ante la evidencia, no queda otra alternativa que darles la razón. Volvió más aguerrida que nunca y la pobreza vuelve a ser el factor negativo preponderante en su evolución. En este contexto, mientras en los países ricos y con buenos sistemas de salud se mantiene nuevamente bajo control – con la aparición y el uso de nuevas drogas – los resultados en África, Asia y América Latina son catastróficos.
Esta reseña histórica se inició con un epígrafe que es una sutil crítica del historiador Barnes a la obstinada oposición de Sontag a las metáforas que las sociedades y las culturas crean para explicar los misterios de ciertas enfermedades, y queremos finalizarla con otra reflexión del mismo autor en la que polemiza nuevamente con la escritora. Escribe Barnes:
El regreso de la tuberculosis confunde la historia conocida de los avances y triunfos de la medicina. Más de cien años después que el agente de la tuberculosis se descubriera y cerca de cincuenta años después del advenimiento de los tratamientos efectivos, algunas viejas cuestiones sobre la enfermedad reclaman ser respondidas, incluyendo ¿qué es lo que facilita la diseminación de la tuberculosis en la sociedad? Y ¿qué se puede hacer al respecto? Estas mismas preguntas se hicieron con gran urgencia cien años atrás, y a pesar de la vasta tecnología y los avances científicos en estos años, las respuestas más comunes hoy muestran una estrecha semejanza con las respuestas del pasado. Ellas varían desde la propuesta de una mayor intervención gubernamental en los problemas de salud pública hasta el aislamiento por la fuerza de los casos activos. Unas cuantas voces desperdigadas señalan la pobreza como la causa principal de la tuberculosis y claman por la mejoría de las condiciones de vida como la única medida que puede combatir efectivamente la enfermedad. […]. [19]
Notas
[1] Véase C. Altamirano y B. Sarlo, “Del texto y la ideología” en Literatura/ Sociedad; Buenos Aires: Hachette, 1983, p. 35.
[2] Tan convencido estaba Laënnec de su teoría que apeló a toda clase de recursos, aún muy débiles, para sostenerla. Por ejemplo, llegó a decir que podría ser contagiosa en otros países de Europa pero no en Francia. Véase David Barnes, The Making of a Social Disease. Tuberculosis in N ineteenth – Century France, California: University of California Press, 1995, p. 27.
[6] Para mayor información sobre este tema, véase D. Barnes, “Social Anxiety, Social Disease, and the Question of Contagion” en Ibíd., pp. 23-47.
[11] Véase “Guerre au bacille!” en Ibid, pp. 74-111.
[13] Albert Calmette adquirió fama posteriormente por ser uno de los descubridores de la vacuna antituberculosa conocida como BCG (Bacilo de Calmette- Guerín) pero al mismo tiempo fue uno de los grandes impulsores de la guerra contra la tuberculosis.
[14] La idea de fundar tuberculosarios constituye una posición extrema en la guerra contra la tuberculosis que no necesariamente representó la opinión médica más difundida en Francia. Véase Barnes, Op. Cit., 1995, p. 107.
[16] Para una información más completa sobre este tema, véase Diego Armus, “El viaje al centro: tísicas, costureritas y milonguitas en Buenos Aires (1910 –1940)”, Diego Armus (ed.), en Entre médicos y curanderos. Cultura, historia y enfermedad en la América Latina moderna; Buenos Aires: Norma, 2002, p. 223 –258. Anteriormente, Armus había analizado en profundidad en su tesis doctoral – “The Years of Tuberculosis. Disease, Culture and Society: Buenos Aires 1870 –1950” (1996) – los avatares de la tuberculosis en nuestro país como una de las principales causas de muerte en Buenos Aires entre los años 1870 y 1950, y como un tema dominante en el amplio espectro de los problemas contemporáneos
[17] Véase S. Lupo, Clínica y terapéutica de la infección por VIH y SIDA, UNR editora, 2003, p. 129.
[18] J. Keats murió de tuberculosis en una época en que la medicina era muy precaria y nada se sabía sobre su etiología y, menos aún, sobre un tratamiento adecuado. Era el momento en que la teoría hereditaria estaba en su esplendor. Véase Hillas Smith, “Keats and Tuberculosis”, en Keats and Medicine, Cross Publishing: Newport, Isle of Wight, 1995, p. 75.
[19] Véase Op. Cit., 1995, p. 2. La traducción es mía.
